Los niveles de violencia se han elevado debido al ambiente hostil en el que nos encontramos. No obstante, no son las características psicológicas las que predominan en tal ambiente ni que llevan a las personas a comportarse agresivamente. Por el contrario, encuentra su génesis en la constitución genética, en lo instintivo de la persona.

Si vamos al caso, es la disputa entre la dualidad del hombre lo que causa el malestar. El venezolano promedio lucha, entre otras cosas, contra su propia  existencia animal. Las circunstancias socioeconómicas que se han presentado en los últimos años han dado paso a la emergencia de un ambiente hostil, en donde la comida se tiene que cazar y a los enemigos se tienen que matar.  

En el principio de la historia, los acontecimientos que suscitaron tenían el único propósito de sobrevivir, tales moldeamientos de la conducta, entre otras cosas, llevaron a que tras un proceso largo la especie evolucionara como lo hizo. De manera tal que quedó inscrito en el genoma humano, genes que tuvieron un beneficio, genes para la lucha, para la defensa, para la caza, para escoger pareja y para crear espacios seguros.

Sin embargo las necesidades se volvieron cada día más complejas por lo que la conducta del hombre tuvo que modificarse de igual forma. A nivel cognitivo los procesos como el razonamiento y el lenguaje se volvieron más estructurado, adquiriendo los matices que hoy día manejamos. Producto de esto nacieron las primeras civilizaciones caracterizadas con un orden que garantizaba la buena convivencia y por ende la supervivencia.  

Pero para ello, el hombre tuvo que hacer un contrato con sus semejantes, uno que garantizaría la convivencia pacífica como bien lo dijo Hobbes en The Leviathan. El precio de ese contrato seria el abandono de las conductas primitivas naturalmente agresivas, por unas más civilizadas y sin embargo los instintos serian sublimados por pautas más aceptadas: los deportes de contacto donde vuelan dientes o series de televisión con cabezas rodando. No obstante el establecimiento de civilizaciones dio paso a concepciones más profundas.

Las ideas de artes, las ciencias y los valores se volvieron el epítome de una sociedad moderna y desde ese momento nuevas luchas surgieron: La búsqueda de la libertad, del poder y del sentido a la vida. Pero siempre el instinto sublimado se manifestaba (Maquiavelo lográndola since 1469): Las guerras y las opresiones. Pareciese como si el hombre estuviera destinado a enfrentarse a la dualidad de su mundo externo. Dualidad que nace por su propia condición: Hombre y Animal.

Aunque las neurociencias poco a poco han demostrado el sistema de causalidad entre cuerpo y mente no cabe duda de que aun en la postmodernidad hombres y mujeres se esfuerzan por mantener a raya lo anomalístico, por más llamativo que sea a.k.a historias de vampiros y juegos de matanzas.

Sin embargo, ¿Qué ocurre cuando retornamos al ambiente hostil del que venimos y las conductas agresivas que tanto luchamos por controlar se vuelven una vez más necesarias para la existencia misma?

El Observatorio venezolano de Conflictividad Social registró en el primer semestre del 2016 al menos 3.507 protestas, 19 diarias en promedio de las cuales 954 fueron por alimentos, habiendo un 90% más de las que hubo en el primer semestre del 2015. Así mismo se documentaron 416 saqueos o intento de saqueo a establecimientos donde se vende los productos alimenticios de la cesta básica. Por otra parte un nuevo fenómeno está tomando las calles cada día más peligrosas: El linchamiento.

Linchar a una persona puede darse de manera literal en cuanto un grupo de persona agreden físicamente a otra a manera de hacer justicia por un crimen o bien puede darse la situación de que a manera verbal se busque herir la reputación de un criminal (#InserteTrendingDeTwitterOpositor). Videos brutales donde se aprecian hombres y mujeres golpenado hasta la muerte han aparecido por las redes sociales volviéndose viral en instantes y al mismo tiempo recibiendo críticas positivas y negativas.

Lo cierto es que nos encontramos frente a una sociedad que lo único sustancioso que come últimamente son los discursos políticos que nada más apacigua el hambre ante la escasez de información. Últimamente lo único que el hombre consume son horas de bullying cibernéticos contra las figuras que bien pudieran ser los responsables de su miseria, sublimando sus deseos de venganza en comentarios por Facebook y RT masivos.

Pero otros no se conforman con manifestarse pacíficamente en contra de la circunstancias. Otros, tal vez con más genes agresivos activos o con más hambre, salen a calles a dejar libre el instinto de matar por otras necesidades básicas. No siempre termina en sangre, aunque las gráficas parecen indicar lo contrario.

El venezolano promedio lucha, entre otras cosas, contra su propia existencia animal.

En las calles un hombre apunta su pistola contra otro hombre que salía del banco, llevaba en su bolso la pensión del mes. Por las carreteras unos uniformados le piden a un camionero que se baje de la mula, eso siempre será mejor que quedarse sin el producto. Una niña llora en las esquinas porque le quitaron algo más que su bulto del colegio. Una madre arrebata contra su hijo porque no sabe qué más hacer. Y un padre, cansado de escuchar los estómagos vacíos de la casa consigue una pistola para apuntársela a un hombre saliendo del banco.

Esto es un juego de tronos.

No queda claro quién manda, si el burro, si la cocaína, si los de verde o un pajarito medio muerto.

Pero alguien está sentado en la silla presidencial, borrando con liquidpaper lo que el supuesto enemigo pretende escribir con tinta indeleble.

Esto es juego de tronos entre lo primitivo y lo nuevo.

Y antes de preguntarnos quién se debería de sentar en el trono de todos, debemos de preguntarnos quién se sienta en el de uno.   

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