Colocando el agua y el café en sus respectivos sitios, me instalo detrás del mostrador del centro de comunicaciones en el que trabajo. Mi compañero cierra el turno de la mañana y cambia el operador del programa que me toca manejar el resto de la tarde. Tengo tres máquinas al frente y una a mi lado. Dos computadoras, una impresora y un fax. Una de las computadoras me cubre de resplandor la cara. Por el contrario, la otra no. Fue desconectada días después de que Conatel decretara la restricción de divisas y suspensión de llamadas internacionales. Esto conlleva a las telefonías Movistar y Digitel a eliminar el servicio de Roaming. A pesar de la eliminación de la asistencia internacional, no se explica porque los centros de comunicaciones próximos a mi zona residencial no se puedan hacer llamadas locales ni realizar un envío de fax, incluyendo en el que trabajo. Durante los apagones programados por el racionamiento energético, mi compañero me explica que la definitiva desconexión de las cabinas telefónicas es debido a que las no actualizadas tarifas de llamadas locales no complacen el presupuesto de estas.

En el comunicado emitido por Conatel, se exige a los operadores una actitud proactiva en materia de información. Ante la situación planteada, muchas veces he respondido jocosamente que trabajo informando a las personas de que las llamadas internacionales fueron suspendidas por el gobierno. En tal sentido, siempre me visto de mi mejor sonrisa para aguantarme las reacciones de las personas que me exigen que les dé explicaciones. La gente se molesta. Por el colmo, por la indignación, por el hecho de que es evidente el aislamiento que tenemos con los demás países. Lo que más me llama la atención no es la medida del organismo, porque ya me acostumbré a repetir el enunciado. Ahora considero más curioso la cantidad de personas que ignoran dicha medida. Da la impresión de que repelen la información, porque yo me acuerdo bien clarito el momento en que explotó la noticia.

En lo que se refiere a la necesidad de comunicarse, he sido espectadora de historias que me han roto el corazón. Tal es el caso de una señora colombiana, muy dulce por cierto, que se le cambio la expresión del rostro inmediatamente de recibir aquella noticia de mi voz. Fue uno de esos momentos en el que te toman el alma, porque con afincada tristeza me preguntó, retóricamente hablando, como hacia ahora para comunicarse con su hija, dado que ni ella ni su familia tiene acceso a internet.  Yo me pregunto si esta es la manera en como el país le responde a aquellas personas que emigraron por perseguir el sueño venezolano.  En este mismo sentido un italiano de mayor edad me pidió una cabina con carácter de urgencia. Su estado de confusión fue tal que entró y salió de la tienda varias veces. Se le veía desesperado. Por un momento se me volvió acercar y me mostró que la aplicación de what’s app no le servía, de que le había metido saldo y seguía sin funcionar. Me dio la impresión de que el servicio era pospago y le expliqué que por más que le recargue saldo, la renta debe ser cobrada a la cuenta del banco. Me alzó la voz para decirme que su hermano que vivía en Italia había fallecido y que no había podido comunicarse con ningún miembro de su familia. Yo quise encontrar otra solución al momento, pero su temperamento lo empujó fuera del local. La situación me desestabilizó por el resto de mi turno de trabajo y aún desquitándome el no haber hecho algo al respecto, se me reduce el corazón a una pasita.

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