Por Leonardo Petit

Fedosy ha salido muy temprano de su casa, enciende el Smartphone y escribe un mensaje:

Estoy llegando al centro comercial

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A Fedosy Santaella lo separan 210 kilómetros de pavimento y dos horas treinta minutos de su ciudad natal, Puerto Cabello. La misma de donde partiríamos para conocer a un gran contador de historias, a un tipo que ha ganado premios para publicar textos en Europa, que dicta cursos de escritura creativa, storytelling y lovermarks; un tipo que ha tenido casi todas las oportunidades para irse del país, pero que no ha pensado en hacerlo; un tipo raro que fue “hijo de papi y mami”, que decidió estudiar letras, pero que comprende y entabla conversaciones sobre economía, arte, cine, educación, ciencias y muchas cosas más… pero no de todo, porque en ningún momento hablamos de béisbol.

Fedosy Santaella. Foto:Lucero Márquez

Luego de celebrar que el cajero automático dispensara efectivo, Fedosy Santaella Kruk pudo sacar su dinero. Compró un guayoyo y 800ml de té verde, tomó asiento e inició la conversación.

El olvido no es de una ciudad, es del venezolano en general

 Fedosy pertenece a esa estirpe humana que posee un profundo sentido de pertenencia por su lugar de origen. La esencia de Puerto Cabello ha sido confusa en los últimos años, con solo pretensiones militares y una falsa fachada histórica metida entre cajeros y skate parks, que proviene de una ficticia máquina turística y el olvido.

—Ni siquiera a lo histórico y ni siquiera a lo militar se le da importancia. Bolívar perdió la primera República en Puerto Cabello, y eso no lo sabemos; todas las historias de la Toma del Castillo de San Felipe, y los de las viejas haciendas –que están en Cumboto, de Ramón Díaz Sánchez– son fascinantes. La historia de porque la calle Lanceros se llama Lanceros, es una historia militar, pero ni siquiera eso lo sabemos; la Casa Guipuzcoana tiene un pasado mercantil y militar muy fuerte, y también eso lo olvidamos, pero yo creo que no es solo de una ciudad, es del venezolano en general, es el olvido (que parte de la memoria familiar), y bueno, como producto de ese olvido destruimos nuestra propia historia.

La falta de respeto por la historia es una cosa impresionante

 En pleno corazón de Las Mercedes encuentras decenas de restaurantes, discotecas, tiendas de alfombras persas, una estación de servicio y un centro comercial especializado en el vestir, todo sobre un curioso pavimento al que no le faltan señalizaciones; estamos sin duda en uno de los lugares más exclusivos de Caracas. Pero también sobre una zona que sufre la desidia de sus gobernantes, instituciones y población, una zona que sufre las secuelas de una sociedad que no rinde tributo a su memoria histórica.

A Caracas, como al resto de Venezuela, le tumban su patrimonio cultural, y no metamos el tema de la crisis (tampoco el de oposición y oficialismo; todos son socialistas), porque de las crisis surgieron los movimientos culturales más impactantes de la historia. En Caracas cierran los teatros que hacen falta en otras ciudades del país; en Caracas derrumban edificios, y no cualquier edificio, derriban verdaderas joyas arquitectónicas de la nación; ejemplo de ello es la Quinta Yolanda en Altamira (construida en 1940) y el edificio Gastizar, en la Avenida Orinoco de Las Mercedes (de influencia española y terminado en 1948).

 

Extintos inmuebles capitalinos.

 

Fedosy lo sabe, su ciudad vivió esa experiencia entre los 70s y 80s, y no fue con uno, sino con muchos edificios (el Hotel de los Baños, el edificio de la vieja Aduana Principal, la antigua Casa Kolster, donde se hospedaba Juan Vicente Gómez, entre muchos otros), tanto así que quisieron demoler hasta el Teatro Municipal, el cual se salvó a intervenciones que aquí se denominaran como divinas… Recientemente (hace unos años) ocurrió algo con la casa del famoso médico Adolfo Prince Lara, que también fue del destacado escritor y hombre de imprenta Juan Antonio Segrestáa.

 

Viejas edificaciones de Puerto Cabello

 

Ahí tienes cuando tumbaron la casa de la esquina de la calle Lanceros, que la tumbaron, y me van a disculpar, pero la tumbaron en nombre de la Revolución y del Pueblo, y la dejaron allí, derruida, y justamente la recuperó una empresa capitalista e imperialistala falta de respeto por la historia es una cosa impresionante.

El error venezolano… El que pierde historias se deja engañar por cualquiera

—En mi libro Los Nombres, que es la novela que ganó el Premio en ciudad Barbastro, yo hablo de Puerto Cabello, y de mi familia, y trato de recuperar desde mi ángulo, desde mi mundo, un poco de la historia de mi ciudad. Hablo de mis abuelos inmigrantes que vienen a Puerto Cabello, y se quedan allí. Mi abuelo trabajaba en la Cachiri o La Congelación, y eso lo recreo allí, por supuesto relacionado con mi familia… pero también en Los Nombres, digo que el que pierde la memoria de los nombres, pierde historias, y el que pierde historias  se deja engañar por cualquiera, porque pierde las historias, se deja meter cualquier cuento torcido, desviado e injustificado de las cosas que suceden en nuestro país, y eso es un gran error histórico de los venezolanos, pero ahora ¿cómo haces para inculcar en la educación primaria y de bachillerato el amor por la historia? Esto ya es un asunto más complejo, y no queremos entrar allí. La responsabilidad de cada quien con su propia historia es algo fundamental.

No hay ninguna relación entre el esfuerzo, el conocimiento y el dinero

—Creo que algo que pasa, y ha pasado también en Venezuela, es el dinero fácil. Quizás la renta petrolera tenga que ver con esto. No hay ninguna relación entre el esfuerzo, el conocimiento y el dinero. En otros países se relaciona esfuerzo con prosperidad, se relaciona conocimiento con prosperidad, se relaciona cultura con prosperidad, aquí no hay nada que relacione la prosperidad con cultura, conocimiento y esfuerzo, lo único que se relaciona con dinero es la astucia y el amiguismo, valores muy negativos, entonces mientras más vivaracho seas, mientras más amigo seas y tengas, mientras más pila seas, más rápido obtienes dinero, y pareciera además que el único fin es el dinero. Quizás la renta petrolera tenga que ver con esto.

Aristóteles se quedó loco…

—Cuando uno lee, por ejemplo, Ética a Nicómaco, de Aristóteles, allí uno encuentra que Aristóteles dice que el fin de todos los fines, el fin último, es la felicidad, y mucha gente tiende a confundir –y eso creo que si es cierto– el dinero con la felicidad, entonces mucha gente llega, obtiene su dinero fácil e inmediatamente cree que ya está todo allí, y Aristóteles nos dice que no, que hay algo más allá que es la felicidad, y la felicidad está hecha de virtud ¿Qué implica la virtud? Conocimiento, ética, comportamiento adecuado, mesura, y eso acá en el venezolano se ha perdido todo.

Fedosy no lo dijo, pero el liberalismo clásico es el camino a seguir. Hay quienes argumentan que una de las cualidades de la identidad venezolana es la carencia de educación; sea cierto o sea falso, la verdad es que tendemos a confundir el concepto de educación con el de instrucción. La educación se fomenta desde el seno familiar, de acuerdo a los valores culturales heredados, y se manifiesta en la capacidad intelectual, moral y afectiva de las personas; mientras que la instrucción va de la mano al ámbito académico –y por supuesto a los principios–,  y se expresa dado a los conocimientos, habilidades, ideas o experiencias proporcionadas a un individuo con la intención de darle determinada formación.

¿Qué ocurre cuando el Estado tiene el poder de educar?

 —Hay que tener cuidado con el concepto de Estado como el que se va a preocupar de educarnos, porque al Estado si se le da demasiado poder, puede tratar de educarte de la manera que le convenga, y a lo mejor eso fue lo que ocurrió con este, que empezó a educarnos, fomentar y promover un sistema de vida que solamente estaba dado por el facilismo, mientras que en un Estado donde se fomente la empresa, la propiedad privada y la libertad individual, es un Estado donde se van abriendo distintos campos de distintas expectativas, dominios y sectores, y ese sector va a abarcar evidentemente la cultura, y va también a fomentar una mejor educación, porque siempre el problema es cuando se empieza a considerar que el interés propio es absolutamente egoísta, y el interés propio no es absolutamente egoísta, el interés propio siempre busca la excelencia y genera una competencia

Venezuela es un país de izquierdas, y la cosa no es nueva. Aunque la situación política y económica se ha agravado en los últimos años, la verdad es que la culpa no es de uno solo; la culpa la comparten desde la primera a la quinta. Todos los gobiernos que ha tenido esta pequeña Venecia han sido de tendencia social-demócrata, socialistas y comunistas. Para ser más precisos, cambiamos de rostros, pero no de ideas. Si buscas partidos de derecha, liberales o capitalistas, simplemente no los encontrarás, porque estos no existen en nuestro país… y la forma en que se maneja la economía de una sociedad, influye sobre su legado cultural.

En el pasado quedó la época en que personajes como Renny Ottolina y Arturo Uslar Pietri, instruían valores culturales a través de la radio y la televisión… Pero ahora, siguiendo los pasos del Estado… ¿podríamos culpar a los medios por no contribuir en la difusión de mensajes positivos para mejorar el entorno y transformar el vicio del facilismo?

—Yo no sé si sean los medios los que tienen la culpa, yo creo que es un asunto que viene más bien por el lado que hemos estado hablando, del concepto de cómo ser prospero alejado de toda idea de conocimiento y de cultura. Fíjate que cuando encuentras países donde el Estado tiene emisoras culturales, es porque ese Estado se ve libre de toda una cantidad de cargas que le permiten preocuparse de otras cosas. Si el Estado está preocupado por regular precios, controlar mercados y mantener felices a los militares, y además se ocupa de la alimentación, la educación y la salud, es un Estado con tantas preocupaciones que de otras cosas no se preocupa, como por ejemplo de la cultura… entonces, mientras menos cargas tenga el Estado, ese Estado puede ocuparse  de cosas espirituales, en ese caso… lo cierto, es que uno no tiene tiempo de cultura si tiene que hacer cola para comer, y allí volvemos a caer en el asunto.

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Fedosy aún no retira el diploma que lo acredita como ganador del Premio Ciudad de Barbastro de la novela corta, pero ya saben lo que dicen: “lo esencial es invisible a los ojos”. El espacio de esta primera entrega se nos agota, y no hemos hablado de sus duras críticas a la literatura venezolana, ni de las formas de conocimiento, que según él, podrían salvar al mundo; tampoco de unos temas tabú sobre la sexualidad, que encontramos durante nuestra visita a Caracas. Eso y más, lo podrás leer haciendo clic acá.

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Texto de Leonardo Petit. Fotografías de Lucero Márquez. Revisión de Madeleine Quevedo.

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