No hay mayor satisfacción en esta vida que cumplir una meta, y aún más, cuando alguien te dice que no puedes hacerlo. Los sueños están para consumarlos, no importa si los anhelas con los ojos abiertos o cerrados, tu único fin debe ser la consecución de los mismos y eso es algo que Julio César León tenía claro en 1948 cuando decidió emprender su travesía hacia los Juegos Olímpicos de Londres.

Primeros años

El histórico ciclista nació en Trujillo el 2 de febrero de 1925. Su madre, una mujer aficionada al arte y su padre, un general de la república, siempre se preocuparon por darle todo lo que necesitó. Por esa razón, a los 4 años recibió su primera bicicleta como un obsequio el día de su santo homónimo, sin saber que ese momento significaría el inicio de un atleta honorable.

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Julio César León junto a las condecoraciones de su carrera deportiva. Foto: Cortesía

En su vida, León presentó muchas pruebas de audacia, sin embargo la primera y una de las más destacables, la cumplió con apenas 12 años de edad cuando el joven trujillano decidió emprender un viaje de 850 kilómetros en bicicleta hasta Caracas para buscar recursos y comenzar a cumplir sus sueños. Una vez en la capital y ante el impacto mediático que generó su hazaña, pidió que le presentasen a quien a la postre se convertiría en su maestro, Teo Capriles, un deportista al cual conocía por periódico y quien le brindó todo su apoyo desde el primer momento.

Las prácticas en las pedregosas calles de su pueblo natal le dieron la habilidad de un corredor experimentado. Esto le llevó a dominar fácilmente en el ciclismo nacional donde se llevó los máximos honores en diferentes pruebas durante más de 20 años consecutivos, además, logró traspasar las fronteras hasta conseguir triunfos en países del Caribe como Trinidad y Tobago, Curazao y Aruba, y algunos otros de Sudamérica, como Chile, Argentina y Uruguay.

Travesía a Londres

Después de cumplir grandes metas en el continente, León, quien contaba con 23 años de edad y se caracterizaba por su ambición al momento de plantearse objetivos, se sintió preparado para afrontar un reto mucho mayor y decidió buscar por todos los medios un lugar en los Juegos Olímpicos de Londres 1948, sin saber que para ello debía superar varios obstáculos.

Avión bombardero Avro 683 Lancaster. Foto: Cortesía

Su primera traba fue  la federación de ciclismo venezolana, la cual no quería dejarlo ir por miedo a que hiciera el ridículo en una competición de tanto renombre, sin embargo, el ilusionado atleta hizo caso omiso al órgano deportivo. De este modo fue que con ayuda de su hermano, un excelente aviador que tenía un amigo en la embajada británica, consiguió una cita con un representante del gobierno inglés. Allí la recepción fue espléndida, el emisario le ofreció la posibilidad viajar junto a su esposa y su entrenador en un avión Lancaster que transportaba cosas oficiales para la embajada y les citó dos días después en el Aeropuerto de Maiquetía.

El día del tan ansiado viaje, el ciclista fue recibido por un aeromozo que le dio todas las indicaciones necesarias. Su esposa ocupó un puesto donde se encontraban los pilotos, en un asiento para telegrafistas, mientras que él y su entrenador debieron acomodarse en el compartimento de las ametralladoras, uno adelante y otro atrás, en una especie de cúpula que dejaba penetrar todos los rayos del sol, y así emprendieron el camino hacia Londres.

Después de 36 horas de viaje, entre las paradas en islas que tenían los británicos por el Caribe y un inconveniente con el clima, León pisó suelo inglés y se dirigió al lugar de inscripción. Una vez en el departamento que organizaba las carreras recibió un duro golpe a sus aspiraciones, le negaban la posibilidad de participar, porque las autoridades venezolanas no le habían dado permiso. Le ofrecieron la alternativa de llamar para arreglar las cosas y el incansable atleta no dudo en contactar al doctor Julio Bustamante, presidente del Comité Olímpico Venezolano, quien inmediatamente se trasladó hasta Londres con su secretario, José Beracasa, para arreglar todo el papeleo que permitiese participar al criollo en el máximo evento deportivo.

El tricolor nacional

Acreditación olímpica de León. Foto: Cortesía

Ya todo estaba hecho, Julio César León se convertiría en el primer venezolano en participar en unos Juegos Olímpicos, pero había dejado pasar un detalle importante. En una charla con un colega argentino se enteró que debía presentarse en el desfile de inauguración con la bandera nacional. Una vez más debía moverse para solucionar otro problema.

En la embajada le dijeron que regresara el lunes para que pudiesen ayudarlo, sin embargo la apertura del evento era ese mismo domingo. Ante la inmediatez del asunto decidió comprar un metro de tela por cada franja, utilizó un palo de escoba del centro deportivo y con alambre, teipe y la costura de su esposa, el venezolano se presentó ante miles de personas con su  pequeña manualidad y con una alegría y un orgullo que no le cabían en el pecho.

Objetivo cumplido

León en el velódromo olímpico de Londres. Foto: Cortesía

Llegaba la hora de la verdad, había que dejar atrás todo el ajetreo de los días pasados. La prueba de kilómetro contra el reloj era una de las especialidades de León, pero en Londres el clima era cambiante. El día de la carrera comenzó a llover y las autoridades decidieron detener la competición mientras mejoraba el ambiente. Para ello, tuvo que esperar tres horas sin poder calentar, pues no contaba con el equipo necesario y afuera estaba lloviendo. Cuando se retomó la acción, regresó a las canchas con las piernas frías e hizo 1’14 de tiempo, después de haber obtenido 1’12” y 1’13” en los entrenamientos previos. El ganador fue un competidor francés, el cual logró 1’12”30.

La segunda prueba que tuvo el ciclista trujillano fue la de velocidad. Después de un sorteo, se dio cuenta de debía competir contra Mario Ghella, campeón de Italia y del mundo, quien posteriormente se llevó el título olímpico. A pesar de todo su esfuerzo, León no pudo con el astro europeo y quedó eliminado por muy poco.

La gallardía del atleta le pedía que obtuviese alguna presea en esos Juegos Olímpicos celebrados en Londres en el año 1948, sin embargo, toda su faena para representar los colores de su país no fue en vano. Él fue la puerta a muchos atletas que a lo largo de los años han obtenido logros increíbles en competiciones de esta envergadura. Sin Julio César León quizás no hubiese habido Asnoldo Devonish, el primer atleta ganador para Venezuela de una medalla olímpica en Helsinki 1952, cuando logró una marca de 15,62 en salto triple para llevarse el bronce, o tampoco el boxeador Francisco ‘Morochito’ Rodríguez y el esgrimista Rubén Limardo, únicos criollos en ganar preseas doradas en la historia de nuestro país, en México 1968 y Londres 2012, respectivamente.

El ciclista que comenzó su carrera en las empinadas y solitarias calles de Trujillo es una prueba fehaciente de que no importa cual obstáculo o muro se interponga en tu camino, cuando tienes un objetivo claro y un sueño en tu mente, nada ni nadie podrá detenerte. Como reza la frase “No hay sueños grandes, para un soñador inmenso” y León era un romántico de la fantasía.

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