Central Do Brasil (1998)

A poca distancia del estadio de Maracaná se encuentra la Estación Central de Brasil, recinto bullicioso y dinámico como el propio Río y de donde parten trenes que conectan el centro de la ciudad con su norte y oeste. Su torre del reloj corta el cielo con una silueta Art Deco, y bajo sus veinticuatro plantas se filmó una de las obras más memorables del audiovisual brasileño.

Central do Brasil toma genialidad de aquí y de allá para ensamblar uno de los aportes más importantes del país del Amazonas al cine internacional. Walter Salles por acá en dirección, Fernanda Montenegro allá en el papel principal, y Vinícius de Oliveira al tope de la torre como inesperado pararrayos cargado de electricidad.

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Atraviesa el riel central de la historia una barrera comunicacional con forma de analfabetismo que impide el intercambio directo y sin diluir entre remitente y destinatario, tocando sutilmente pero en clara objeción a un sistema educacional deficiente para finales de los años ‘90, y ahí comienza el viaje, donde en la microciudad de los iletrados, el maestro despiadado es rey.

Tejiendo paralelos preciosos y únicos, entrelazados como una trenza que se estira, se sumerge y reaparece a ritmo de oleaje, se percibe un latido de corazón escondido entre las vías de un tren o en el rasgo de un bolígrafo sobre papel que se pega a las ventanas. Profundamente terrenal, compasivo, evolutivo y contrastante, el juego de pelota Montenegro versus de Oliveira echa raíces y se enrama hasta volverse un trabajo en equipo de proporciones olímpicas.

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Una cinta en la que el movimiento continuo es casi tan protagonista como la misma Montenegro, Salles nos profetiza su venida como Señor de los Road Trips paseándonos por un Río cínico y atestado de gente, hasta un Brasil rural lleno de polvo, caluroso, devoto y asfixiante en su amplitud. La brutalidad de la urbe se manifiesta sin romper la superficie de la declaración política, pero mientras avanza la historia se hace menos necesaria la explícita descripción de desigualdad cuando Salles nos deja ver muy sencillamente una llanura campestre abandonada, donde reina una simplicidad silenciosa y agobiante como el sol más inclemente.

Con la falta de aire juega Walter Carvalho en cinematografía, enmarcando colores casi saturados, y demasiado brillantes de no ser por una fina tonalidad cálida que recuerda al vapor de un mediodía en el trópico y un asiento precariamente ganado en el metro. De simetría y encuadre extraordinarios, donde el diálogo es silencio la imagen toma la palabra en forma de un ruido visual estudiado y organizado.

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Ganadora del Oso de Oro en el Festival Internacional de Cine de Berlín y nominada a dos premios de la Academia, incluyendo mejor actuación para Montenegro, de Central do Brasil parte la aventura que abandera a Brasil como máquina de historias hondamente humanas.

Madeleine Quevedo


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