Por Katherine Malavé

La Organización de Naciones Unidas y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, refieren al linchamiento como un problema social. El venezolano ha vivido los últimos años asediado por la delincuencia. En un país donde el gobierno ha implementado más de 20 planes de seguridad, todos fallidos, el ciudadano ha decidido tomar “justicia” con sus propias manos, y acá traemos un ejemplo particular.

La noche del último viernes de julio –2016–, mi familia y yo conversábamos acerca de los largos y agotadores recorridos que debíamos efectuar para conseguir el sustento de la semana. Planificamos los quehaceres y organizamos todo para partir al siguiente día en búsqueda de los alimentos desaparecidos en nuestra ciudad, Puerto Cabello.

El reloj despertador marcaba las cinco de la madrugada. Era hora de alistarnos. Iríamos a Maracay, la ciudad jardín de Venezuela, y aun no sabíamos si cumpliríamos con nuestro objetivo. Luego de una hora y algunos minutos de camino, a las 9:00 de la mañana nos movíamos dentro de la capital del estado Aragua. Luego de recorrer las principales arterias, mi hermana menor y yo, decidimos ir a Brisas del Lago y quedarnos en casa de los abuelos mientras nuestros padres realizaban las compras correspondientes; al llegar todos nos recibieron con una cálida bienvenida, y aunque nuestros padres debían marcharse rápidamente, esperábamos todos, ansiosos, la hora de su regreso.

Un almuerzo interrumpido

Luego de conversar incansablemente con muchos de nuestros primos, reír de tantas anécdotas y disfrutar de buena música y de uno que otro bocadillo, llegó la hora de sentarnos alrededor de la mesa para deleitarnos con el esperado almuerzo. Mientras tomábamos asiento y concluíamos los últimos detalles para dar inicio al banquete, se hicieron las 1:30 de la tarde, y entretanto, a la vez que algunos pegaban un mordisco al pan y otros llevaban una cucharada de sopa a la boca, no fue imposible percatarnos de los fuertes gritos, la gran algarabía y alboroto que había en las calles de la comunidad. La curiosidad nos dominaba los sentidos, y aunque muchos de los presentes no se atrevieron a mirar por el temor que sentían, otros como yo decidimos acercarnos y aventurarnos hacia las grandes ventanas y detallar cuál era el origen de tal revuelta; para mi sorpresa, logro ver como en un abrir y cerrar de ojos una gran muchedumbre estaba congregada alrededor de un joven delgado, de estatura promedio, tez blanca, liso cabello negro, bien vestido, con camisa manga larga y zapatos de marca, que no aparentaba más de 22 años. Enseguida logro contemplar cómo era golpeado, apaleado y lapidado abrupta e incesantemente por muchos de los concurrentes; no era necesario realizar gran esfuerzo para escuchar la intensidad de los gritos de aquel joven diciendo: “no me maten por favor, déjenme”,  mientras que en la muchedumbre gritaban: “mátenlo, agárrenlo, maten a ese desgraciado”.

Después de más de media hora de infinitos gritos y golpes, el muchacho yacía en el pavimento agonizando, con toda su humanidad ensangrentada, dejando grandes charcos de sangre alrededor. Como si esto no fuera suficiente, el medio de transporte donde se desplazaba este bisoño, de profesión moto-taxista, fue quemado y paleado por el tumulto de personas enfurecidas, quedando el vehículo inservible e irreconocible por completo.

Pero… ¿Cuál fue el detonante de esta conducta enardecida? Cuentan los vecinos del lugar que aproximadamente a las 12:00 del mediodía, se desplazaba por la barriada un sujeto en compañía de su pareja a bordo de un sedán último modelo, y al mismo tiempo transitaba el joven moto-taxista. Este, al observar el lujoso vehículo y las prendas llamativas de los pasajeros, procedió inmediatamente a despojarlos de todos sus bienes, y amenazándolos de muerte sacó su pistola y pidió las pertenencias a los esposos; el conductor, al observar la pistola, notó algo inusual en ella, y al detallarla mientras el maleante le apuntaba a través del vidrio, se da cuenta de que el arma era de juguete, e inmediatamente se bajó de su automóvil y comenzó a forcejear con el criminal mientras pedía a gritos: “Ayuda, ayuda, me están robando, me están robando”. Los residentes, al percatarse del hecho, salieron enseguida a socorrer a las víctimas, decidiendo hacer un llamado a las autoridades correspondientes, pero en vista de la tardanza de estos, los vecinos procedieron a “tomar la justicia en sus propias manos”, dando inicio así a la historia que acabo de escribir.

¿Descomposición social o justicia ciudadana? Algunos abogados, reseñados por el diario El Nacional, indican que esta práctica se ha vuelto habitual debido a que el venezolano está cansado de tanta impunidad y la falta de separación de poderes judiciales.

¿Cuál es la forma correcta de hacer justicia? ¿Estamos realmente capacitados para “tomar” la justicia por nuestras propias manos? ¿Qué pasa con la eficiencia del sistema judicial en el país? ¿Qué hay detrás de tantos crímenes y linchamientos como este? Por supuesto, las respuestas a estas y otras grandes interrogantes quedan a merced de todos…

Por Katherine Malavé

P.D. Luego de este lamentable hecho continuamos en espera de nuestros padres, quienes llegaron ya caída la tarde, y solo con algunos productos, pues, en Maracay también desaparecieron los mismos…

*Fotografía: Biblioteca del Congreso USA. Linchamiento ocurrido en Omaho, Nebraska. 1919.

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