Lo poco que sabía sobre “Ciudad de Caracas”, espectáculo realizado en 1963 bajo la dirección del artista Jacobo Borges fue gracias a un libro sobre su vida y obra, según la documentación del mismísimo Juan Calzadilla. Un día antes de la reproducción, luego de tantos años de silencio, leí la noticia desde mi computadora en Valencia, a propósito de la retrospectiva que se presentaba en la Galería Freites en la calle Orinoco de la Gran Capital, a cuya exposición tenía días pidiendo de rodillas que me llevaran. Busqué el libro con mis torpes manos —que en ese momento temblaban— y me dirigí hacia el cuarto de mis padres con los ojos aguados de la conmoción. Si no voy no me lo perdonaré jamás, llegué a decir, ya con las lágrimas cayendo sobre mi ropa, pues la convocatoria parecía el único contacto que tendría con la vanguardia venezolana de aquellos años, la cual llevo investigando desde que me topé con el comprendido visual de las artes plásticas de Calzadilla, primer ensayo con el que me acerqué a la modernidad en Venezuela.

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Foto cortesía: Biblioteca Nacional de Caracas

Mis suplicas valieron y nos fuimos a la monstruosa Caracas, mi mamá, mi papá y yo. Llegamos a la galería y ya el conversatorio había empezado. Logré hacerme paso entre la gente y conseguirme una silla en el medio de todo tipo de personas, que a mi juicio, parecían sacados del Country Club de Caracas. Al micrófono hablaba un Jacobo Borges atropellado por los recuerdos de la época, caracterizados por la rebeldía y la fiebre adolescente. A Borges se le había ocurrido la bárbara idea de retar la percepción de los ciudadanos, quienes se mostraban atormentados por una ciudad que los digería y los moldeaba a su violenta semejanza. Un Borges ambicioso por la revolución en el arte quiso cambiar la manera en que ésta era consumida.

Imagen de Caracas es un secreto bien guardado, porque ni siquiera llega a formar parte del imaginario venezolano

El equipo de trabajo lo conformaron artistas de diferentes disciplinas. Por una parte, se necesitó de actores y camarógrafos para darle inicio a la propuesta y por otro lado la participación de arquitectos para la elaboración de lo que el director y sus compañeros llamarían “El dispositivo”, un edificio de 27 metros de altura. El propio Borges se mostró sobresaltado de la incapacidad de transmitir lo que fue formar parte de semejante locura. Se apostó por un acto surreal que invitó a los ciudadanos a observar la fundación de Caracas, en permanente gestación, desde la sangrienta conquista hasta la Caracas capitalista a través de imágenes fragmentadas que eran proyectadas sobre cubos, actores en escenas y hasta motocicletas circulando sobre rampas que hacían de escenario para bandas musicales, tratando de imitar calles por donde transitarían los espectadores mientras escuchaban a Salvador Garmendia y a Adriano González León.

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27 metros de altura medía el dispositivo de Imagen de Caracas. Foto: Cortesía

No obstante, esta reacción con creciente crítica hacia el desplazamiento multitudinario, como se puede observar los primeros minutos de la película, hasta cierto punto te hace creer que es una muestra sincera de los prejuicios en contra del realismo social, pero como dicen por ahí, los artistas son mentirosos de categoría profesional. Lo que puedo deducir es que la ciudad fue para Borges, una persona intolerante y sensible, como una joven novia a quien la descubres traicionándote, con todos y cada uno de los individuos que llegaron a buscar suerte. Sin embargo, es importante destacar que la intención fue “hacer capaz de reflexionar al espectador más allá del hecho estético”.

La película fue archivada en la Biblioteca Nacional y jamás se supo de ella por decisión del director

Se partió de la idea de que la realidad no es plana como lo puede hacer parecer una película, lo que se quedaría cortísimo para la transformación morbosa de la ciudad. Las dimensiones del dispositivo eran dignas a nivel del Museo de Arte Moderno de Nueva York, lo que obligó a intelectuales a visitar el país durante aquellos días, como el destacado arquitecto Gio Ponti.

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Foto cortesía: Galería Freites

Durante la charla, se destacaron distintas maniobras e inconveniente que toda producción conlleva, como por nombrar algunas, que el general que aparece en la película fue realmente un general de la República, con el que tuvieron una graciosa complicación y que los matrimonios involucrados resultaron divorcios a corto plazo. Hubo uno que otro participante que dejó el proyecto a medias, quizás por el insoportable temperamento de Borges, reflexiona él años más tarde. Imagen de Caracas es un secreto bien guardado, porque ni siquiera llega a formar parte del imaginario venezolano. No es de sorprender entonces que alguien haga la acotación de que estudió cine y que había esperado 40 años para poder ver la película, la cual Borges especifica que no se compara con lo que fue su verdadera instalación. Entre el público se hicieron notar dos personas que contemplaron el performance, dos señoras que contaban con 13 años cuando estuvieron presente ante este lenguaje inentendible, muy adelantado a las maneras de ver arte en Venezuela. El espectáculo habrá quedado de por vida en sus memorias, lo suficientemente grotesco como para que durara 20 días a cabo de la pronunciación del gobierno, cuyo presidente fue invitado de honor y debido a la arbitrariedad de las pautas, los guardaespaldas se lo tomaron como un golpe de estado.  

fueron años turbios para el país por la invasión de los cubanos y las ideas socialistas del Ché

La película fue archivada en la Biblioteca Nacional y jamás se supo de ella por decisión del director, ya que la cancelación del espectáculo lo llevó a una profunda depresión. Ya me habré imaginado yo, haber trabajado tanto para que el escenario político del que Borges prefirió no hablar –Lo cual agradecí muchísimo–, lo desaparecieran en un abrir y cerrar de ojos. Ya mi padre me explicaría, momentos después, que fueron años turbios para el país por la invasión de los cubanos y las ideas socialistas del Ché. Bajo esta explicación, encajo como un rompecabezas el poema ¿Duerme usted, señor Presidente? de Caupolicán Ovalles, dedicado a Rómulo Betancourt.  

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Foto cortesía: Biblioteca Nacional de Caracas

No fue hasta hace poco que un grupo de jóvenes de 20 años se contactaron con él. Esto llevó al pintor a cerrar el círculo de conversatorios con esta obra maestra. Claro que me hubiese gustado intercambiar unas palabras, pero decidí recorrer la galería de cuyas paredes colgaban los cuadros de uno de mis pintores favoritos. Este, por el color y la textura, debe ser de 1954, y acerté.

Karina Ávila

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