Por Alfredo Antonio Sabatino y Marbella Díaz Wever

¿Tendrá la ambición color? Algunos piensan que la ambición es el deseo de conseguir metas concretas que el sujeto se propone, y que una vez logradas son sustituidas por otras cada vez más importantes.  Otros piensan que las personas ambiciosas llegan a más en la vida, bien sea obteniendo mejores salarios o logrando sus objetivos con éxito, mientras que los que carecen de ambición se conforman con pocos frutos y no suelen plantearse nuevas metas. La ambición está involucrada en muchos aspectos de la vida, particularmente  perjudica la afectividad. Se distinguen tres tipos de ambición: la ambición sana o normal, la ambición desmedida o patológica y la ausencia de ambición.

La ambición sana o normal se encuadra dentro de un proyecto vital coherente y estructurado, con metas lógicas, aceptables y realizables. Esta ambición actúa como estímulo para lograr el fin propuesto; es de mayor o menor intensidad, pero siempre comprensible. La ambición patológica se ubica en el espectro de lo dañino,  existe en ella un afán desmedido por lograr más y más poder, riqueza, protagonismo y fama. Este deseo se puede convertir en una idea obsesiva que domina la vida del individuo, condicionando su conducta general y su relación con los demás, que se deteriora a mayor o menor plazo de tiempo. El que sufre de este tipo de ambición patológica plantea su vida en exclusiva, quedando así las otras personas relegadas a un segundo plano.

La ausencia de ambición no es un estado patológico en sí, pero al faltar unos objetivos a alcanzar, el sujeto no se plantea metas y se conforma, o se arropa “hasta donde alcance la cobija”. Hay quienes pudieran justificar esta actitud afirmando que la felicidad se basa en estar contento con lo que uno es, pero el ambicioso puede estarlo, reconocer lo que tiene, y aun así aspirar a otras metas.

Es importante distinguir entre ambición y envidia. La primera es deseo de lograr unos objetivos atractivos para el sujeto en función de sí mismo; mientras la segunda es desear lo que otros son; podemos describirla como una ambición en función del otro, que condiciona conductas que suelen acarrear una enorme insatisfacción personal. Se podría considerar la envidia como una ambición patológica en su punto de partida.

Para valorar la conducta de una persona ambiciosa hay que tener en cuenta su comportamiento con el entorno, sobre todo las repercusiones negativas que la ambición pueda tener en las relaciones interpersonales. Hay que canalizar estas aspiraciones siempre dentro del respeto a los otros. Cuando se traspasan los límites de la ambición, el sujeto tiende a manipular y maniobrar a los demás para lograr sus objetivos dentro de su desmoronado mundo afectivo-personal y socio-adaptativo.

¿Puede la guerra entenderse como una ambición?, ¿o la ambición como una forma de hacer la guerra? El color queda en manos de la percepción humana, convirtiéndolo en blanco o negro de acuerdo a los sentimientos que configuran las actitudes ligadas a los procesos de la afectividad, jamás desligado de realidades que difícilmente pueden explicarse con ojos vendados y que comprometan a las actitudes personales y colectivas desfavoreciendo imágenes ante sí mismo y otros.

Estimado lector, Venezuela atraviesa una situación en la que lejos de estar en guerra, Dios nos está brindando una nueva oportunidad para pensar y sentir la paz interior que fortifica la confraternidad. Existirán pocas o muchas razones para justificar nuestras aspiraciones. Nunca está de más reflexionar sobre el asunto, si la apatía  está de nuestro lado, y sentimos que no hay motivos para luchar, o si por el contrario, nuestra ambición es desmedida, y sentimos que no podemos controlar nuestras emociones, debemos recordar que siempre existirán profesionales psicólogos capacitados para orientarnos en el proceso.

No dejes de suscribirte a nuestro boletín para recibir nuestro contenido en tu correo electrónico o WhatsApp.

Texto de Alfredo Antonio Sabatino y Marbella Díaz Wever. Transcripción de Leonardo Petit. Correcciones de Andrea Molina y Madeleine Quevedo. Fotografía: s/i, El Nacional, (el vicepresidente de Estados Unidos, Hubert Humphrey, juega béisbol en el 23 de enero).

Comentarios