Agosto culmina a una semana de apagarse la antorcha olímpica en Río de Janeiro y dejando a su paso una estela de cultura brasileña en la que nos vimos inmersos por dos semanas de espíritu deportivo bajo un sol tropical. Desde la gastronomía hasta el carnaval, la esencia vibrante y llena de color que cubre Brasil desde la costa hasta la selva amazónica fue observada por el mundo a través de la ventana de los Juegos Olímpicos, y ya fuese por curiosidad o ganas de absorber la experiencia artística en su totalidad, cada quien se sirvió de un catálogo personal de preferencias para disfrutar de la cocina, la música, el baile, y el cine que ofrece este gigante de Latinoamérica.

Hoje Eu Quero Voltar Sozinho (2014)

Brasil ha demostrado una y otra vez ser una fuente de historias profundamente humanas llevadas al movimiento a través de una magistral puesta en escena y un calculador ojo para la cinematografía; historias llenas de drama y dificultades que reflejan las dicotomías de un país minado de contrastes, pero siempre mantenidas a flote por el bullicio y la vitalidad que rodean a sus habitantes. Este ha sido el hilo conductor del cine brasileño durante décadas, ese que no ha fallado en impresionar a la comunidad cinematográfica internacional con la conducción y dirección de estas historias, y sin embargo, Daniel Ribeiro logra aparecer en el 2014 con una narrativa tan fresca, calma y sublime como el suburbio más tranquilo de Sao Paulo.

Originalmente un cortometraje de veinte minutos, Hoje Eu Quero Voltar Sozinho baila la pieza de la cotidianidad de lo extraordinario, la curiosidad del desconcierto (o la falta de éste), y de la adolescencia y todo lo que viene con ella. Su frescura proviene tal vez del negativo, de esos espacios donde acostumbramos ver asombro y prejuicios que este guión dejó por fuera, cerrándoles en cara la puerta del convencionalismo. Aquí lo excepcional, lo casi idealista, es una sexualidad floreciente cuyos principales conflictos poco tienen que ver con represiones o críticas; donde la representación de la terquedad y las inseguridades adolescentes es limpia, sana, graciosa y enternecedora.

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La fuerza del film se entrelaza en el registro de las sensaciones físicas, a través de cinco sentidos que se completan entre sí al susurrarse respuestas que uno u otro fallan en interceptar. El calor del sol sobre la piel, gotas de agua que se deslizan, brisa nocturna y vapor condensado sobre el vidrio de la ducha son expresiones visuales de una exploración, tanto física como emocional, de ese deseo de descubrir cuán profundo corre una sensación bajo la piel y hasta dónde llegamos al perseguirla.

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De líneas limpias y claras, de espacios iluminados y airosos, la cinta es ícono del nuevo cine brasileño. Ribeiro, de 30 años para inicios de rodaje, es una de las voces más representativas de la juventud y la perspectiva de las nuevas maneras de hacer cine en Latinoamérica, alejándose del caos que parece representarnos en el resto del globo y contando historias estructuradas cuya producción y montaje poseen un atractivo que radica en el minimalismo y la pulcritud de tomas, sin dejar nunca por fuera el color, la luz y la vitalidad. Se habla de un estricto sentido del orden que se percibe, sin intimidar, detrás de la fachada casual y relajada que presenta Brasil al exterior.

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Estos aspectos, revisados y reinventados, fueron condensados por Ribeiro en el 2010, cuando Hoje Eu No Quero Voltar Sozinho no era más que un corto de casi veinte minutos que llegó a Youtube un tiempo después y que alcanzó los 4 millones de reproducciones. La frescura y originalidad de la historia, más sus personajes carismáticos y la casualidad de sus movimientos captaron al público y llevaron a Ribeiro a realizar uno de los largometrajes más populares de la historia cinematográfica más reciente de Brasil, llevándose el galardón a mejor película al estrenarse en el Festival Internacional de Cine de Berlín.

Madeleine Quevedo

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