“El propósito del arte es la construcción eterna

de un estado de deslumbramiento”

La primera vez que supe de Glenn Gould fue cuando vi una fotografía de Herbert von Karajan, joven pero de ya distinguido cabello plateado, compartiendo el asiento de un Steinway con un muchacho de aire adolescente y orejas grandes que parecía a solo dos movimientos de empezar a morderse las uñas o encender un cigarrillo. La fotografía era de Erich Lessing y, francamente, solo tenía ojos para Karajan; su fama de autómata y disposición glacial se me hacían contradictorias al cálido interés con el que contemplaba a este niño vestido de James Dean que parecía haberse perdido y terminado pidiendo direcciones al director de la Orquesta Filarmónica de Berlín. El chico era Gould y, con 25 años, era el solista del concierto para piano y orquesta No. 3 de Beethoven que presentaba la filarmónica para la primavera de 1957.

La segunda vez que me tropecé con Gould fue de paso en plena conversación. Sonaba Chopin de fondo y nos desviamos un momento para hablar de genios musicales y lo que les termina costando la virtuosidad. Mira a Glenn Gould, por ejemplo. El tipo estaba loco, pero cómo tocaba, Dios santo. Lo único que tenía de Glenn era una celosa foto mental de mi director favorito mirándolo con cariño, pero igual asentí y continué con mi café. La curiosidad me terminó ganando y busqué al tal Gould, no esperando más que mecanizadas rendiciones de romanticismos y nocturnos carentes de cualquier aparente locura o excentricismo, y terminé con las tocatas de Bach y la seguridad de que ninguna otra rendición moderna de alguna pieza clásica me iba a sonar de la misma manera.

foto-1

Con el joven descuidado de sonrisa infantil que ponía los pies sobre el piano se entrelazaba la eminencia que figuraba ecuaciones musicales al momento. La naturaleza misma de la tocata obliga a pensar rápido, pues responde a la casi improvisación de notas a una velocidad impresionante y la previsión de que de alguna manera todo termine teniendo sentido. Gould toma una pieza y la desmiembra como un reloj, para luego reensamblarla y decidir a voluntad la velocidad del segundero.

Glenn Gould, terrible perfeccionista de excentricidades exasperantes, era firme creyente en la evolución paulatina del arte en el individuo, y de que este debía admirarse más allá de la inmediata corriente de adrenalina que te inyecta una obra sublime. Esto significaba un delicado cultivo del sonido, composición, estructura y color de una interpretación netamente personal de una pieza igual de personal creada por alguien más. A pesar de lanzarlo al estrellato del cada vez más precario mundo clásico de 1955 con sus variaciones de Goldberg, Bach era Bach, y Gould era Gould.

“Un niño con paja en el cabello que tocaba el piano

como un huracán”

Glenn Gould nació el 25 de septiembre de 1932 en Toronto, Canadá. De niño aparentaba juguetear con el piano de su madre cuando en realidad empezaba a distinguir el tono y la duración de las notas musicales, aprendió a leer música antes que palabras y alcanzó el oído absoluto a los 5 años. Un cerebro aparentemente calibrado exclusivamente para la música (y, más tarde, para la introspección y los negocios) lo hizo devoto al piano de su hogar suburbano, acompañado de partituras y de un periquito llamado Mozart, de quien, me gusta pensar, Gould adoptó el a veces desesperante hábito de cantar sobre las piezas que tocaba. De Alberto Guerrero aprendió a tocar con la nariz pegada a las teclas, y de su padre obtuvo una pequeña silla de piano personalmente diseñada para él, que lo acompañaría por el resto de su vida.

Howard Scott lo describió como un niño con plumas de gallina y paja en el cabello que tocaba el piano como un huracán. Gould hacía lo que quería a riesgo de la desesperación de sus colegas, de la cual, es fácil imaginar, se zafaba con una sonrisa. En 1961, justo antes de salir Gould a escena con la Filarmónica de Nueva York, Leonard Bernstein hizo el disclaimer que desató mil titulares: “En un concierto, ¿Quién es el jefe? ¿El solista o el director? La respuesta, por supuesto, es que a veces lo es uno y a veces el otro, dependiendo de las personas involucradas”.

foto-2

A pesar de su creciente aversión a las presentaciones en público, es la gira por la Unión Soviética de 1957 la que demuestra su poder en escena. La Rusia de Kruschev caminaba una línea muy fina en la que el Socialismo Realista vetaba a Bach y a Beethoven por evangélicos y discordes con el espíritu soviético, y ahí estaba Gould en Moscú, un desconocido canadiense consumido por su propio genio tocando para un auditorio casi completamente vacío, y que para el segundo acto estaba ante una multitud que se desbordaba de pasillos y ventanas. En menos de una hora se había corrido la noticia del joven norteamericano que había ido a tocar el piano, y nadie podía creer lo que escuchaba. A la gira que representó un punto esencial en relaciones internacionales se le agregaron dos fechas más, y parece ser la única que Gould recordó con más cariño que resentimiento en su carrera.

El hermetismo de Gould era opuestamente proporcional a su presencia en los medios, con la cual supo ser práctico. Necesitaba dinero y sabía hilar los medios para conseguirlo, con el costo de una vida de conciertos y hoteles que lo llevaba a encerrarse a leer a Shakespeare para refugiarse del ataque a los sentidos que consistía una rutina de presentaciones, la cual soportaba cancelando dos de cada cinco conciertos, desarrollando ansiedades y fermentando hipocondría. Detesto a las audienciassolía decir- no a sus componentes individuales, pero las detesto como masa. Son una fuerza del mal, y es innegable que una audiencia paga un boleto a sobreprecio tanto por ver una presentación impresionante como por la ínfima posibilidad de tener el privilegio de ver a su genio fallar en público.

foto-3

Meter las manos en hielo, regular estrictamente la temperatura de las habitaciones, aversión a los apretones de manos y al contacto físico en general, vestirse con ropa de invierno hasta para pasear por un parque en Florida y usar al menos una mano para conducir una orquesta invisible todo el tiempo, incluso mientras manejaba un bote. Cuando su equipo le preguntaba por aquel buen restaurante en aquella hermosa ciudad en donde tocaron hacía unos meses, Gould solo recordaba algún inconveniente que le había hecho detestar el viaje entero, y siempre había uno. Todo un bazar de excentricidades que, aunque agravantes en ciertos casos, trajeron una suerte de alivio al conservadurismo de la estética clásica, incluso si provenían de profundas ansiedades que, tras su muerte y ciertas libertades tomadas en el campo psicológico, demostraban la posibilidad de Asperger.

Precursor de la introversión difundida

A los 31 cumple todas sus amenazas y se retira del mundo de los conciertos para sumergirse en la producción radial y televisiva, y ahí se encuentra el más singular aporte de su carrera: abrir la ventana del proceso creativo al público a través de los medios. Pionero de los grandes productores actuales, gastó miles de dólares en los equipos de grabación y edición más modernos de la época para dedicarse a lo que no podía hacer frente a la tan detestada audiencia y armar por pedazos rendiciones impresionantes cuyo secreto se encontraba en la multidimensionalidad de las tomas y en sus interminables razonamientos orales.

Gould no solo se libera de conciertos, urbes y hoteles; huye de ellos lo más lejos posible, se encierra en una cabina de grabación y produce The Idea of the North, documental a través del cual admite su exploración de la soledad de manera semi-autobiográfica, hilando paisajes nevados con introspecciones sobre el aislamiento, reflexionando que lo fascinante de los documentales radiales es que puedes hacer una declaración de la condición humana en virtud de la manera en la que puedes definirla usando tu propia voz.

Pero la aventura con la difusión de la creación iba un poco más allá. Gould se autoproclamaba el último puritano cuando al mismo tiempo era la figura más progresista de su tiempo, adelantándose por décadas a la noción, muy propia de la globalización, de que los contenidos compartidos hacen al artista, tanto o más que el estudio devoto de lo que ya se conoce en un solo entorno. Sentía la responsabilidad de dejar un repertorio que sirviese de referencia, libre para ser odiado o admirado, pero presente y duradero, e incentivaba a sus colegas a hacer lo mismo. Su vida fue testimonio de su creencia en las mezclas cuyo solo propósito era romper el molde preestablecido, y a través de su difusión y archivo de ideas y teorías dejó mucho más que un legado musical.

Hubiese sido un hombre muy miserable de haber vivido en el siglo XIX, decía en los ‘70 en referencia a que la distancia entre el artista y el resto mundo se acorta a través de los medios. Daría lo que fuera por ser la persona que hubiese tenido que explicarle a Glenn Gould lo que es el Internet.

 

Comentarios